Venezuela se levanta


Las naciones no se reconstruyen con discursos, sino con decisiones colectivas. Y a veces la historia ofrece ejemplos incómodos que ayudan a entender lo que ocurre en el presente.

A comienzos del siglo XX, en el distrito de Greenwood, en Tulsa, Oklahoma, surgió una comunidad afroamericana que desarrolló uno de los experimentos económicos más notables de la historia social estadounidense. Aquella zona fue conocida como Black Wall Street. En medio de un país profundamente segregado, ciudadanos afroamericanos crearon bancos, comercios, empresas, periódicos y redes financieras propias.

Era, en términos modernos, un ecosistema económico autónomo.

El proyecto terminó violentamente en 1921 cuando disturbios raciales destruyeron gran parte de la comunidad. Pero la lección histórica permanece: cuando una sociedad desarrolla autonomía económica, también desarrolla poder social y político.

La comparación no pretende simplificar realidades distintas, pero sí señalar una verdad elemental: la libertad económica suele ser el primer paso hacia la libertad política.

En Venezuela ocurrió exactamente lo contrario.

Durante décadas, el país sustituyó la cultura del emprendimiento por la dependencia del Estado. El resultado fue un modelo donde el ciudadano dejó de ser productor para convertirse en receptor de favores políticos. Y cuando el Estado se convierte en el principal distribuidor de riqueza, inevitablemente también se convierte en el principal controlador de la sociedad.

El lenguaje popular venezolano lo expresa con una claridad brutal:
cuando el “papá Estado” mete la mano en todo, el caldo termina inevitablemente espeso y oscuro.

Sin embargo, sería intelectualmente deshonesto atribuir toda la tragedia venezolana a un solo actor político. La crisis fue incubada mucho antes. Hubo advertencias, análisis y señales tempranas que muchos prefirieron ignorar. El periodista Óscar Yánez, por ejemplo, alertó en más de una ocasión sobre el deterioro institucional que se aproximaba.

Pero las sociedades suelen escuchar las advertencias solo cuando ya es demasiado tarde.

La dirigencia que debía actuar como custodio de la nación terminó, en demasiados casos, administrando intereses personales. Ese vacío fue el terreno fértil para el colapso institucional que posteriormente vendría.

Hoy, en medio de la devastación económica y social, surge una conclusión inevitable:
la reconstrucción de Venezuela no dependerá de líderes providenciales, sino de ciudadanos responsables de su propio destino.

El venezolano deberá reaprender algo que durante años fue desplazado por la retórica populista: producir, emprender, crear riqueza y proteger su patrimonio.

La seguridad personal, la propiedad privada y la libertad económica no son caprichos ideológicos; son pilares básicos de cualquier sociedad que aspire a prosperar. Cuando el ciudadano es autónomo, el abuso —sea criminal o institucional— encuentra mayores límites.

En paralelo, el Estado debe recuperar su verdadera naturaleza: servir.

Los funcionarios públicos no son propietarios del poder. Son administradores temporales de una autoridad que pertenece al ciudadano. Por ello, mecanismos como contralorías independientes, control ciudadano del gasto público y sistemas judiciales verdaderamente autónomos no son lujos institucionales, sino condiciones mínimas de una república funcional.

Durante años, algunos políticos repitieron una idea que revela con crudeza la lógica del populismo: que permitir que los pobres se conviertan en clase media podía resultar políticamente inconveniente. Una sociedad próspera vota con independencia; una sociedad dependiente vota con miedo.

Si esa premisa fue realmente aplicada como estrategia política, entonces la tragedia venezolana no fue simplemente un error de gobierno, sino el resultado de un cálculo perverso.

La reconstrucción del país exigirá algo más que elecciones o reformas administrativas. Exigirá una transformación cultural profunda.

Porque las naciones cambian cuando sus ciudadanos cambian primero.

Y quizás la lección más importante sea esta:
la libertad no se delega. Se ejerce.

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