Riqueza sin custodios



Hay advertencias antiguas que sobreviven al paso de los siglos porque describen realidades humanas permanentes. Una de ellas aparece en el libro de Proverbios: “Sé diligente en conocer el estado de tus ovejas… porque las riquezas no duran para siempre.”

La frase parece simple, pero encierra un principio profundo de administración, responsabilidad y liderazgo. Ninguna riqueza —personal, institucional o nacional— sobrevive si no existe preparación para custodiarla.

El problema de Venezuela nunca fue la falta de recursos. Muy por el contrario, pocas naciones han sido tan favorecidas por la geografía y la naturaleza. Petróleo, gas, minerales estratégicos, tierras fértiles, agua abundante y una ubicación privilegiada en el continente americano colocaron al país entre los territorios con mayor potencial de prosperidad del mundo.

Sin embargo, la historia reciente demuestra una verdad incómoda: la abundancia sin custodia responsable termina convirtiéndose en ruina.

Durante décadas, la administración del país se fue alejando del criterio clásico que en el derecho se denomina actuar como un “buen padre de familia”, es decir, administrar con prudencia, previsión y responsabilidad. En su lugar, se consolidó una cultura política y social marcada por el cortoplacismo, la improvisación y, en demasiadas ocasiones, por la corrupción.

Paralelamente, una mentalidad profundamente nociva comenzó a normalizarse en amplios sectores de la sociedad: la cultura del atajo. Expresiones populares como “ponme donde hay” o “quien no tranza no avanza” no son meros dichos coloquiales. Reflejan una desviación cultural que termina justificando la apropiación indebida de lo público y la destrucción progresiva de las instituciones.

Cuando esa lógica se instala en el comportamiento colectivo, la nación deja de ser vista como un proyecto común y pasa a ser percibida como un botín. El resultado es previsible: deterioro institucional, endeudamiento, pérdida de productividad, debilitamiento del Estado de derecho y empobrecimiento generalizado.

Así, un país que llegó a figurar entre las economías más prósperas de América Latina terminó convertido en una nación donde millones de ciudadanos nacen hoy cargando con una deuda económica, institucional y social que nunca contrajeron.

A ello se suma otro factor igualmente determinante: la incapacidad histórica para formar élites políticas, administrativas y técnicas verdaderamente preparadas para custodiar y administrar las riquezas nacionales. Cuando la conducción del Estado se ejerce sin preparación ni principios, las consecuencias trascienden generaciones.

En ese contexto, los recursos naturales dejan de ser una bendición para convertirse en un campo de disputa entre intereses internos y externos. La historia demuestra que cuando una nación no protege adecuadamente sus riquezas, siempre aparecerán actores dispuestos a administrarlas por ella.

Por esa razón, hablar de reconstrucción nacional exige algo más que consignas políticas o discursos emotivos. Toda reconstrucción seria comienza con un diagnóstico honesto.

Pretender “pasar la página” sin identificar errores, causas estructurales y responsabilidades políticas no es reconciliación; es ingenuidad. Las sociedades que se niegan a examinar su propio fracaso suelen terminar repitiéndolo.

De igual manera, incorporar sin evaluación ni rendición de cuentas a quienes participaron activamente en los procesos que condujeron al deterioro institucional equivale a comprometer cualquier intento de reconstrucción. No se trata de exclusión ideológica, sino de responsabilidad histórica.

La recuperación de Venezuela requerirá mucho más que cambios de gobierno o reformas económicas. Exigirá una transformación cultural profunda basada en principios, educación cívica, fortalecimiento institucional y formación de nuevas generaciones capaces de administrar con integridad lo que reciban.

En otras palabras, el país necesitará ciudadanos preparados para custodiar aquello que durante décadas fue administrado con negligencia.

La advertencia de Salomón sigue vigente: las riquezas no son eternas. La prosperidad de una nación depende menos de lo que posee en su subsuelo y mucho más de la calidad moral, intelectual y administrativa de quienes tienen la responsabilidad de cuidarla.

En definitiva, el desafío de Venezuela no consiste únicamente en recuperar su economía o sus instituciones. El desafío verdadero es formar una sociedad que comprenda que las bendiciones de un país no se sostienen por sí solas.

Porque cuando nadie cuida las ovejas, inevitablemente alguien termina apropiándose del rebaño.

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