Levantarse o desaparecer!!!

Fui apenas un adolescente cuando Venezuela abrió sus puertas a inmigrantes chilenos que huían de la dictadura de Augusto Pinochet. Llegaban con historias duras, marcadas por la represión militar, pero también con talento, disciplina y una profunda necesidad de rehacer sus vidas.

Como ocurre en todo proceso migratorio, vino de todo: profesionales altamente calificados que aportaron al desarrollo del país, especialmente en áreas como la ingeniería y la construcción —basta recordar la participación de mano de obra especializada en obras emblemáticas como el Metro de Caracas—, pero también individuos que aprovecharon vacíos sociales para delinquir. El conocido “paquete chileno” es un ejemplo de prácticas que, con el tiempo, incluso fueron replicadas y superadas localmente.

Venezuela, sin embargo, no fue definida por esos excesos, sino por su capacidad de integración. Desde el inicio de su era petrolera, el país se convirtió en un crisol de culturas. Españoles, italianos, portugueses, dominicanos, chilenos y muchos otros contribuyeron a formar una identidad nacional abierta, dinámica y profundamente mestiza.

Nuestra cultura lo refleja: la música de Billo Frómeta, el merengue dominicano arraigado en nuestras fiestas, la salsa universalizada por Celia Cruz, el jazz impulsado por maestros como Gerry Weil. Venezuela no solo recibió migrantes; los transformó en parte de su esencia.

Pero la historia no es lineal.

A partir de la década de los noventa, el país inició un proceso de deterioro institucional que derivó en una de las crisis más profundas de su historia contemporánea. La inseguridad jurídica, la destrucción del aparato productivo y la concentración del poder generaron un cambio radical: Venezuela dejó de ser tierra de acogida para convertirse en nación de éxodo.

Hoy, más de ocho millones de venezolanos han salido del país. No como una opción, sino como una necesidad. Desde el exterior, sostienen a sus familias mediante remesas, enviando recursos que alivian, aunque no resuelven, el sufrimiento interno.

Paralelamente, el país ha sido objeto de influencias geopolíticas que han impactado no solo sus recursos estratégicos, sino también su estructura institucional y su tejido social. Sin embargo, sería jurídicamente impreciso atribuir la crisis exclusivamente a factores externos. La responsabilidad primaria es interna: decisiones políticas erradas, debilitamiento del Estado de Derecho y abandono de principios fundamentales de gobernanza.

Frente a este panorama, afirmar que “Venezuela se levanta” no puede ser una consigna vacía. Debe ser un compromiso estructural.

Ese levantamiento exige, en primer lugar, memoria histórica. Recordar que fuimos un país receptor, que crecimos gracias al talento extranjero y que nuestra fortaleza siempre estuvo en la apertura, no en el aislamiento.

En segundo lugar, exige formación. La generación de relevo no puede repetir los errores del pasado. Debe ser preparada en valores, principios, pensamiento crítico y capacidades técnicas. No se trata de discursos, sino de competencias reales.

En tercer lugar, exige carácter. Venezuela volverá a ser destino de migración. Llegarán nuevos actores, con habilidades incluso superiores. La respuesta no puede ser el rechazo, sino el discernimiento: aprender lo útil, rechazar lo nocivo.

Finalmente, exige responsabilidad individual. El país no se reconstruirá desde la retórica, sino desde el esfuerzo personal. Cada ciudadano debe asumir su rol en la reconstrucción institucional, económica y social.

La historia es clara: las naciones no colapsan únicamente por influencias externas, sino por la incapacidad interna de administrar su riqueza, su diversidad y su poder.

Venezuela tiene recursos naturales, pero su mayor activo sigue siendo su gente.

Y si algo enseña nuestra propia historia migratoria, es que, aun en medio de la crisis, los buenos —los que construyen, los que aportan, los que creen— siguen siendo mayoría.

Por ellos, y por lo que está por venir, Venezuela no solo debe levantarse.

Debe hacerlo bien.


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